Crítica Literaria: Casa Chilena


Esta novela no es para cualquier tipo de lector. Su narrador y las experiencias relatadas buscan un cómplice, y solo quienes hayan vivido cosas similares o que compartan parte de las experiencias expuestas en la historia, podrán disfrutar de una experiencia literaria completa.


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Por Escriba de Avalon. Sígueme en http://escribadeavalon.cl



Roberto Brodsky destaca por ser un novelista y guionista nacional (Bosque quemado, Premio Jaén de Novela 2007, guionista de Machuca 2004). Roberto ha vivido la mayor parte de su vida en el extranjero, comenzando con el exilio en Caracas producto del Golpe de Estado durante su adolescencia. Esta experiencia acontecida en una época muy importante y profunda de la vida, ha marcado notoriamente su narrativa, la cual reboza de situaciones personales y recuerdos. Sus obras se convierten así en autobiográficas, donde el uso de la memoria es clave para de alguna forma sanar el desarraigo que le ha tocado vivir.

Casa chilena viene a ser la tercera parte de una trilogía que el autor comenzó casi por accidente con Bosque Quemado (2007) y Veneno (2012), no obstante, no es necesario haber leído esas obras para disfrutar esta novela.

La historia gira en torno a un dramaturgo que bordea los cincuenta años. A este personaje no solo le está afectando la tan común crisis de la edad adulta, sino que además, acaba de regresar al país para tomar las riendas de la venta de su casa familiar ubicada en Ñuñoa, lugar en donde pasó su niñez. Esta situación remecerá todos sus recuerdos y traumas, además, acarreará un montón de problemas que estarán a la orden del día: dicha propiedad lleva años arrendada a unos amigos, sin corredor de propiedades de por medio, lo que dificulta bastante la operación de venta. Por un lado está la presión de vender rápidamente antes que las grandes inmobiliarias descarten sus jugosas ofertas, y por el otro, sacar a los arrendatarios en un tiempo prudente para dejarla libre a sus nuevos dueños que pretenden demolerla para crear un edificio de departamentos.

La casa será el elemento central para el protagonista. Representa todo lo seguro y tangible que tuvo en su vida, pero que en definitiva es tan solo una ilusión que no logra tocar y sentir como algo propio producto del abrupto desarraigo que tuvo de ella. Otras personas han vivido décadas en la propiedad con complicadas y graciosas situaciones personales. Son otras vidas las que se suceden allí, además, es su esposa Gloria (con la que últimamente solo tiene contacto por Skype) la que realmente maneja el tema negociador con los inmobiliarios, por lo que él solo queda como un representante invisible en un evento que lo marca profundamente.

Estando en la ciudad, nuestro hombre decide recorrer las calles y visitar a un amigo hospitalizado, pero por más que camina bajo el mismo sol y sobre el mismo cemento, nada es igual, siempre el pasado se interpone brillante y sereno en los recuerdos, un pasado que no encaja con la efervescente actividad de una ciudad que solo tras una larga mirada, se parece a la que él gozó durante la niñez. Las visitas a su amigo enfermo tampoco logran que sienta vivas sus raíces. Nuestro protagonista no se siente capacitado para darle apoyo tangible a otra persona, siendo que él siempre ha sido un mirón y no un actor, nunca ha sido visto, es un rumor, un niño que aún juega a las escondidas y que vive tras bambalinas una vida que otras personas viven activamente. Primero fueron sus padres los que le otorgaban identidad, luego su esposa, pero ahora no posee a ninguno y la casa está destinada a desaparecer.

La trama de la historia de por sí es muy interesante, pero hay un detalle que le da una genialidad especial: está narrada en segunda persona, es decir, el narrador es el mismo protagonista pero lo hace desde afuera, similar a lo que hacemos todos al final del día cuando reflexionamos sobre nuestros actos y nos autocriticamos. Este estilo narrativo es todo un desafío, pero el autor lo usa con maestría. Aprovecha sus estrechos límites para potenciar una voz que asemeja una cámara oculta, una especie de auto reality show, una conciencia que pone en evidencia todos los desaciertos del protagonista, a veces de modo bastante hilarante para alivianar un poco las profundas heridas que arrastra el personaje. La lectura de la novela resulta vertiginosa y envolvente, iremos descubriendo detalles importantes tras cada página, y habrá secretos en cada rincón. Uno de estos misterios es el nombre del protagonista que vive intensamente el tormento de ser artista, extranjero a la fuerza y que se le tilde de judío en la tierra en que debería sentirse pleno.

Esta novela no es para cualquier tipo de lector. Su narrador y las experiencias relatadas buscan un cómplice, y solo quienes hayan vivido cosas similares o que compartan parte de las experiencias expuestas en la historia como la venta de casas hermosas para dar paso a insípidos bloques de cemento verticales (clara alegoría de la imposición de unos sobre otros) podrán disfrutar de una experiencia literaria completa. No obstante, este es el tipo de relato que hace crecer y ampliar nuestro mundo, pues está lleno de detalles a los cuales prestar atención, y nos demuestra que no es fácil vivir en un mundo tan híper conectado; cuando pareciera que estamos más cerca, en verdad estamos más lejos. Más que una lectura para enajenarse, esta es una novela para adentrarse, para dejarla dando vueltas en la memoria y compartir la melancolía y nostalgia de tiempos inocentes y luminosos.

  

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